SUIZA: Inmigrantes,
base de la prostitución en Suiza
Fuente: Swissinfo.ch (9 dic. 2011) Víctimas o figuras
mal vistas por la mirada pública: visones extremas para calificar
a las personas que ejercen esta actividad –legal en Suiza- donde
subsisten zonas grises que dan cabida a la explotación. Un suizo de 60 años fue condenado a una pena de
prisión de cuatro años y medio por varios cargos, entre
ellos, trata de seres humanos, estimular a la prostitución e infringir
la leyes de residencia de extranjeros y de estupefacientes, además
de ser acusado de blanqueo de dinero. Mujeres con derechos Feminización de la pobreza Los clientes: tema tabú Patricia Islas, swissinfo.ch
Ejemplo de ello es el caso recién resuelto ante el Tribunal Penal
Federal sobre trata de blancas de mujeres provenientes de Brasil.
El proxeneta, junto con otras personas, entre ellas varias brasileñas
ya asentadas en Suiza, organizaba pasajes aéreos y pagos por adelantado
para que supuestas turistas llegaran a Suiza y comenzarán así
su labor en los burdeles helvéticos.
Según el decir de algunas de las mujeres implicadas, el principal
acusado en el caso les confiscaba el pasaporte para evitar que volvieran
de nuevo a Brasil sin pagar las deudas contraídas en el proceso
de reclutamiento, y de las que tuvieron conocimiento apenas después
de su arribo a Suiza (entre 10.000 y 15.000 francos suizos).
“Había mujeres encerradas en los burdeles, otras que controlaban,
pero que en una primera etapa fueron también víctimas”,
explica Doro Winkler, del Centro de apoyo a mujeres migrantes y víctimas
de trata de mujeres, FIZ en sus siglas en alemán, que desde 2007
acompañó por encargo del cantón de Solothurn a diez
de las personas afectadas en este expediente.
FIZ saluda la decisión del Tribunal por el pago de hasta 33.000
francos suizos a nueve mujeres por daños, además de indemnizaciones
por perjuicio moral de hasta 12.000 francos, ya que así “se
reconoce parcialmente el sufrimiento de las mujeres y la explotación
a la que se vieron afectadas”.
Sin embargo, a FIZ molesta que la suma de estos pagos haya sido establecida
de acuerdo a consideraciones sobre el hecho de que las mujeres en su país
de origen ya se hubiesen dedicado a la prostitución. Doro Winkler
reitera: “También las trabajadoras del sexo pueden ser explotadas
y ser presionadas y tienen derecho a que los tribunales reconozcan su
aflicción”.
Las diez personas que acompaño el FIZ “tuvieron el valor
de declarar y regresaron a su país en situación precaria
y con el trauma de la experiencia vivida; querían ver a sus hijos
y no tenían otra opción en ese momento. En otro caso reciente,
unas mujeres húngaras también explotadas recibieron de Suiza
un permiso humanitario de estancia por correr peligro inminente si volvían
a su país”, comenta Winkler.
Así, entre la imagen de víctimas y de personas de mala reputación,
las trabajadoras del sexo en Suiza –entre 14.000 y 20.000, según
estimaciones- “son mayoritariamente inmigrantes, madres solteras,
por lo que es evidente que carecen de un círculo social que las
cobije en caso de dificultad, y que la decisión de ejercer esta
actividad en uno de los países más ricos del mundo tiene
razones básicamente de índole económico. Tienen que
dar de comer”, afirma.
“A partir de la década de 1990 se incrementó considerablemente
el número de trabajadoras del sexo migrantes y contribuyó
a la prostitución no familiarizada con las condiciones del lugar”,
subraya la socióloga Agnes Földhazi, también miembro
de Aspasie, quien dedicó su tesis doctoral en la Universidad de
Ginebra al análisis de la construcción del mercado del sexo
en Suiza.
En esa ciudad como en otras del territorio helvético, el sector
comercial sexual es alimentado “por mujeres del ex bloque soviético,
de América Latina, del norte africano, aunque es un ámbito
muy cambiante”, señala.
“La feminización de la migración es una estrategia
de sobrevivencia; de la feminización de la pobreza”, indica
al respecto Irma Nicasio, en su estudio ‘Cuatro Décadas de
Migración Femenina’, donde observa el caso de las mujeres
emigrantes de República Dominicana, y demuestra cómo ellas
usan la migración “como una estrategia de sobrevivencia para
sí mismas y sus familias -con remesas mensuales de alrededor de
800 euros-, insertándose laboralmente en economías dominantes
que sustentan políticas no inclusivas”.
Suiza, neoliberal
En ese sentido, Földhazi - quien en días pasados dictó
una conferencia en la Universidad de Ginebra intitulada ‘¿Sexo
sin fronteras?-, explica que Suiza sigue un patrón neoreglamentista,
mismo que considera a la prostitución con un mal necesario: “En
Suiza, la vida de las personas que se prostituyen (migrantes) se inscribe
en un régimen reglamentista neoliberal, caracterizado por una actitud
pragmática focalizada en la salud pública”.
De acuerdo al análisis de Földhazi, de origen húngaro,
existe una lectura que victimiza a las inmigrantes y que rechaza su capacidad
de actuar, de elegir. Esta perspectiva, alimentada por un pánico
moral focalizado en la trata de seres humanos, tendría por objetivo
mantener a migrantes potenciales en su país de origen a nombre
de su protección”.
Földhazi opina además que las bases internacionales en vigor
en contra de la trata y el tráfico de personas “no corresponden
a la realidad del terreno, puesto que los casos que se producen resultan
mucho más complejos”.
Terminar con la estigmatización es la tarea principal para evitar
espacios donde se permita la explotación “porque en Suiza
es legal la prostitución, lo condenable es el proxenetismo”,
opina Claudette Plumey, ella misma trabajadora del sexo y presidenta de
la asociación Aspasie, que da voz a las mujeres que desarrollan
esta profesión en la parte francófona de Suiza.
“Es básico diferenciar la prostitución del tráfico
de mujeres, punto de partida para todo el trabajo de sensibilización
a nivel político”, coincide Doro Winkler.
En cuanto a la actividad legal de la prostitución, “Suiza
en este ámbito no se ha movido mucho en la última década,
puesto que las leyes al respecto se centran en registros de prostitutas
que nada tienen que ver con su protección o con mejoras en sus
condiciones de trabajo. Hay que hacer mucho más, buscar condiciones
adecuadas para las mujeres que hacen este trabajo por decisión
propia y otorgarles sus derechos”.
Winkler, en contacto con las trabajadoras del sexo desde hace más
de 15 años, lamenta que solo se hable “de las mujeres que
se ocupan de la prostitución y nunca de los clientes. Es un tabú,
lo que me parece un problema profundo.
Necesitamos un discurso público y político sobre este trabajo,
que se reconozca la demanda, pero la gente lo evita y prefiere restringir
el tema a “sex and crime”.
Y de cara al Día Mundial de los Derechos Humanos, este 10 de diciembre,
concluye: “Suiza tendría que hacer mucho más como
país de tradición humanitaria y depositaria de los Convenios
de Ginebra. En su discurso político ha sido muy dura en contra
de las mujeres migrantes en los últimos 15 años, y en especial,
en contra de las prostitutas”.