"No reconocí
a mis hijos, ni ellos a mí" Fuente: El País Fecha: 23-03-2008 JUAN JESÚS AZNÁREZ La mayoría de las mujeres separadas de sus esposos e hijos por la
inmigración sufre las dolorosas consecuencias de una lejanía
y un reagrupamiento que tarda en llegar, o fracasa porque los miembros de
la familia ya no se aceptan, ni se reconocen. Apenas hay estadísticas
sobre un fenómeno que se sufre calladamente, sin registro demoscópico. Las mujeres latinoamericanas abrieron el camino en España en condiciones
penosas: cuidan hijos ajenos y sufren el distanciamiento de los propios.
Durante el arduo proceso hacia la regularización, numerosas mujeres
perdieron al marido, que las olvidó o se emparejó de nuevo
en Quito, Cali o Santo Domingo. Muchas veces el dinero de las remesas se agota en dispendios, proyectos
irresponsables o estafas. "No sabe la cantidad de mujeres que salen
llorando del locutorio y tengo que consolar. O es el marido, o los hijos,
o la madre o el dinero, pero siempre problemas", resume el encargado
de un locutorio en el distrito madrileño de Ciudad Lineal. Muchas
pierden el trabajo y acaban en la prostitución, una actividad que
ocultan a sus familias. El 80% de las 300.000 mujeres que se prostituyen
en España, según estimaciones, son extranjeras en situación
irregular, y por tanto más expuestas a los abusos. España cuenta con 1.700.000 mujeres inmigrantes, con una media de
34 años de edad, el 80% de ellas empleadas en el servicio doméstico,
el comercio y la hostelería, según datos oficiales. El 54,2%
de la inmigración latinoamericana es ahora femenina, pero hace seis
años representaba casi las dos terceras partes, de acuerdo con un
estudio del Fondo de Naciones Unidas para la Población. "Son mujeres a las que se exige y que se exigen adaptarse a los tiempos,
a los ritmos, a las demandas y a las necesidades de los otros", señala
Gema de Cabo, jefa de proyectos del Centro de Estudios Económicos
Tomillo (CEET). "Sus intereses, sus necesidades, sus sentimientos,
como mujer o como persona quedan en segundo término", añade. Muchas no encuentran sentido a su presencia en España, se arrepienten
de haber venido, viven solas y tristes, y creen que su trabajo no les permitirá
alcanzar sus sueños. "Son mujeres que se sienten cada día
más lejos de los suyos, atrapadas y sin futuro: ni en su país,
ni en España", resalta De Cabo. La vulnerabilidad emocional y la sensación de desamparo son tan
intensas, que Sandra, una inmigrante ecuatoriana, se dejó embarazar
por un pelanas para tener un hijo y mitigar su soledad. A los tres meses,
lo pensó mejor y abortó. "Quiero volver a Ecuador para
ganarme el cariño de mi hija, aunque quizás no lo consiga",
se lamenta. Quiere volver, pero no sabe cuándo, ni a qué. La presidenta de la Asociación Hispano-Ecuatoriana Rumiñahui,
Dora Aguirre, conoce bien el drama, causado por las fuertes presiones psicológicas
y emocionales a las que están sometidas las mujeres de la inmigración.
"Nuestras vidas, sociales, familiares, de pareja, están rotas,
y nuestros códigos de asimilación de la nueva realidad que
vivimos están sometidos a una constante evolución", subraya.
"Y en estos casos, las circunstancias laborales en que nos encontramos
inmersas son criminales. Hay casos de internas que se han suicidado, y mujeres
que sufren profundas depresiones, ansiedad, bulimia y anorexia". Hijos que ya no quieren vivir con sus padres, parejas rotas, y mujeres
que han cambiado su personalidad en España: se han hecho más
libres. El desarrollo de esa individualidad, sin embargo, entra en colisión
con el secular machismo del esposo. En muchos casos, el desencuentro acaba
en violencia. Un total de 99 mujeres, 28 de ellas extranjeras, fueron asesinadas
el pasado año en España, según un informe sobre muertes
violentas en el ámbito doméstico y de género. La mitad
de las mujeres que denuncian maltrato son extranjeras en algunas comunidades,
entre ellas La Rioja. La entrada en colisión responde a que la mujer inmigrante es autónoma,
tiene un empleo e ingresos propios y ya no depende de su pareja, mayoritariamente
machista. En muchos casos mantiene a toda la familia. "El hombre no
lo acepta bien y ahí se produce un deterioro de las relaciones y
frecuentemente el maltrato", agrega Aguirre. El formato es éste: el esposo llega a Madrid, Barcelona o Málaga
después de años de separación y se topa con una esposa
menos sumisa, menos dispuesta a aguantar los gritos, la bebida y las infidelidades.
En ocasiones, la esposa mantiene relaciones con otro compatriota o con un
español. Pero hasta el reencuentro, bueno o malo, los maridos e hijos
esperan el dinero de España como agua de mayo. "Yo quiero lo mejor para ellos, pero no dejan de pedir. El otro día
tuve una gran bronca con mi hija adolescente porque no quiero mandarle dinero
para un ordenador y un móvil. Hay otras necesidades más urgentes",
señala la paraguaya Elvira, empleada en el servicio doméstico.
Es otro de los daños colaterales: cuentan con más dinero que
sus amigos, cuyos padres en Asunción pueden ganar 300 o 400 euros
al mes. El 40% de los habitantes de la región vive en la pobreza. Rosa Peris, directora del Instituto de la Mujer, constata que aumenta el
número de mujeres protagonistas de proyectos migratorios autónomos
para mejorar sus condiciones de vida "y aliviar las formas de control
social tradicionales, y que no quieren reproducir los modelos de vida de
las mujeres de su entorno, que quieren estudiar y ejercer una profesión".
Son mujeres pioneras que pagan cara su emancipación. La escritora argentina Cristina Civale, autora de varios trabajos sobre
exclusión, violencia e inmigración cita las violaciones de
los derechos humanos causados a muchas empleadas domésticas, con
trabajos que exceden sus funciones: "Se enfrentan a la paradoja de
estar junto a unos niños extraños ganando dinero para sus
propios hijos, que en el 70% de los casos vive todavía en los países
de origen, y a los que no pueden ver muchas veces por años". Noelia, de 40 años, doméstica sin contrato, sabe lo que es
sufrir. "Mientras comía la señora, yo tenía que
estar de pie, junto a ella, por si acaso necesitaba algo. Y no me dejaba
ducharme todos los días. Y cuando no podía dormir, tenía
que sentarme en su cama tomándole la mano". Noelia comentó a los hijos de la señora, de unos 70 años,
el trato que recibía, pero no le hicieron mucho caso. "No te
preocupes. A veces es un poco rara, pero no es mala". Un día
Noelia, se hartó, cobró la mensualidad, y después se
metió en la bañera y disfrutó del baño y del
agua caliente durante una hora. "La vieja pegaba en la puerta para
que saliera, pero no le hice caso. Fue una pequeña venganza",
recuerda. No tardó en buscar otro trabajo. Una vez que consiguió legalizar
su situación, se trajo de Ecuador a su marido y a sus dos hijos,
y con los cuatro sueldos compraron un piso. "Mi marido es un poco machista,
pero lo quiero y le aguanto. Ya no bebe tanto como antes. Espero que poco
a poco vaya cambiando". Algunas parejas consiguen la deseada conciliación, pero otras sucumben
en el intento.
Desarraigo y depresión acompañan el desembarco de la inmigración
femenina