ARGENTINA: Las miserias de la pantalla
Fuente: Página 12 (16 agos.2009)
La historia de la anciana que se prostituye y fue engañada por Gelblung en la televisión.
Tiene 77 años y la miseria la empujó a la calle. Desde hace seis “trabaja” en una parada de Constitución. El programa de Chiche Gelblung en Canal 13 mostró su testimonio, grabado sin el consentimiento de la mujer, a la que le dijeron que la cámara estaba apagada. Ahora está internada en una unidad coronaria.
Por Mariana Carbajal
“Es una sinvergüenza. Me gustaría encontrarla y decirle que es una sinvergüenza, que hizo una nota que la robó y que me causó mucho daño”, dice Lucía, la mujer de 77 años en situación de prostitución que denunció que una notera del programa 70.20.10, que conduce Chiche Gelblung por Canal 13, grabó su testimonio después de decirle que la cámara estaba apagada. Con ella quisiera cruzarse para increparle su dolor y su bronca. Pero a pesar del enojo, la voz de Lucía suena dulce, aterciopelada como la de una abuela. Lucía siente rabia y se lamenta por las repercusiones que tuvo la difusión de su historia por la pantalla chica. Dice que la afectó enormemente en su “trabajo” en el barrio de Constitución, donde tiene su parada desde hace alrededor de seis años, y también en su salud, que ya estaba un poco averiada: después de que saliera al aire el informe en el que apareció de rostro y cuerpo entero, sin que por lo menos le borronearan las facciones, quedó internada en la Unidad Coronaria del Hospital Ramos Mejía, adonde todavía permanece con un problema cardíaco.
El episodio fue revelado por Página/12 en una columna de esta
cronista, a partir de la denuncia de una monja, Olga Copite, de la Congregación
de Hermanas Oblatas del Santísimo, que junto con otras religiosas
y también laicas recorren las calles de Constitución para
acompañar a las mujeres que se ven obligadas a ganarse la vida
como Lucía. Olga conoce a Lucía desde hace varios años.
Y por estas horas, la visita con frecuencia en el hospital.
El hecho generó un debate al interior de distintos ámbitos
periodísticos, entre ellos el Foro de Periodismo Argentino (Fopea),
que conforman más de 270 socios, entre ellos, Magdalena Ruiz Guiñazú,
Daniel Santoro (del diario Clarín), María Seoane (flamante
directora de Radio Nacional), y Edgardo Esteban (corresponsal de Telesur).
Fopea emitió esta semana un comunicado en el que repudió
la utilización de la cámara oculta para arrancar el testimonio
de Lucía. “Resulta evidente que, teniendo en cuenta la vulnerabilidad
en la que se encontraba la víctima, la cámara oculta del
programa 70.20.10 arrasó con el derecho a la intimidad de la persona
que apareció en el informe citado. El Código de Etica de
Fopea, como muchos otros en el mundo, promueve el ‘tratamiento honesto
de la información’, y en este caso ni siquiera se tuvo en
cuenta que la víctima, de avanzada edad, podría ver afectada
su salud al hacerse público un testimonio que ella intentó
mantener en reserva en todo momento”, señala el comunicado
de la entidad (ver aparte).
También cuestionaron el accionar del programa integrantes de Periodistas
de Argentina en Red por una Comunicación no Sexista (PAR), la secretaria
general de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (Ammar–Nacional),
Elena Reynaga, y la presidenta del Inadi, María José Lubertino
(ver aparte). Página/12 se comunicó con la producción
del programa de Gelblung, pero desde allí se aclaró que
no harían declaraciones.
Intimidad robada
“Después que salí en el programa me puse nerviosa,
me agité. Ahora el médico me dijo que no puedo caminar más
que una cuadra”, se lamenta Lucía, en el hall de entrada
a la Unidad Coronaria del Ramos Mejía. Hasta hace unos minutos
estaba acostada en una de las camas de la habitación colectiva
del hospital que comparte con otras mujeres, la mayoría afectadas
por el mal de Chagas. En el hall hay algunas sillas y se puede conversar
con más tranquilidad, sin miradas curiosas.
Lucía está en camisón celeste, con tres botoncitos
y alguna puntilla, de mangas largas y cuello cerrado. Calza pantuflas
blancas. Sobre los hombros se acomodó un pulóver verde,
tejido a mano, por si corre aire fresco. Por suerte, la tarde está
cálida y no hace tanto frío.
Es difícil imaginar a Lucía “trabajando” en
Constitución: tiene el aspecto de una abuela de Barrio Norte o
Recoleta. No hay dudas de que tuvo en el pasado un buen pasar. Los cabellos
claros, teñidos para ocultar las canas, los tiene prolijamente
peinados hacia atrás con una vincha. Sus manos están cuidadas,
y el rostro, sin maquillar, resplandece, a pesar de que lleva dos semanas
de internación. Lucía aparenta bastantes menos años
de los que tiene. Los ojos son claros, la piel también, muy blanca.
Cuenta que es viuda desde hace unos treinta años, que su marido
era un industrial y que ella tuvo una vida acomodada. “Me daba con
cada gente que vos no sabés –se da corte, y sonríe
con picardía–. Pero el corralito me aplastó. Perdí
todo después del corralito”, dice. Entre sus pérdidas
enumera un departamento propio, que tenía hipotecado y cuyo crédito
no pudo pagar más. “Llegó un momento en que no tenía
ni un peso para tomar un colectivo”, agrega.
Cuenta que vivió con su hija un tiempo pero que la relación
entre ambas, que ya no era buena, se fue deteriorando y se terminó
yendo de la casa. A la calle. “Estuve en la calle, uno o dos días
pasé hambre, veía un café con leche y se me iban
los ojos. Entonces, agarré para la iglesia de Lima y Constitución.
Desde la oficina donde antes trabajaba veía siempre la punta de
la iglesia. Tenía hambre, estaba con lo puesto”, el relato
de Lucía se corta. Las palabras se le apagan con la congoja y el
llanto. El recuerdo de aquel día la quiebra. “Y ahí
llegué”, dice tragando lágrimas. Olga, la hermana
de la Congregación de las Oblatas, le acaricia el hombro, le toma
una mano, trata de consolarla.
Lucía cobra una pensión no contributiva, pero le queda poco,
unos 200 pesos, porque tiene una deuda que está saldando. Vive
en una pensión de Constitución, donde alquila una pieza
pequeñita con un baño, por la que paga 850 pesos. Y tiene
una lista de medicamentos extensa que debe comprar cada mes para sus nanas.
Hasta caer internada, todos los días esperaba en su “parada”
desde las tres de la tarde la llegada de sus “amigos”. “Quizás
el encanto que tengo es que soy educada. Allá (en Constitución)
eso vale, al menos para ciertas personas”, dice. Después
de su salida en la tele, no apareció más ninguno de sus
“amigos”.
Lucía tiene otro hijo, que la llama cada tanto pero que tiene problemas
de salud y no puede ayudarla.
El día que la notera la encontró “yo estaba sentadita
en mi sitio donde siempre me siento. Entonces, ella me dijo: ‘¿Te
puedo hacer una pregunta? ¿Estás trabajando? Nosotros somos
periodistas y queremos hacerte una nota’. Yo le dije: ‘No,
por favor, notas no doy’. ‘Pero le vamos a hacer una preguntita
nada más sobre Constitución’, me insistió.
‘Yo no voy a dar ninguna nota porque yo tengo familia, no los quiero
perjudicar’”, dice Lucía que le dijo a la notera. Incluso,
cuenta que le increpó que a ellas, las mujeres en situación
de prostitución, suelen escracharlas mostrándolas sin borronearles
el rostro, mientras que sí protegen la identidad de personas involucradas
en delitos. Lucía dice que la notera le aseguró que la cámara
estaba apagada, que siguieron conversando porque ella le creyó
que no la filmaba, que así le contó que tenía 77
años, algunos achaques en la salud y otras cuitas.
Al día siguiente de ese encuentro, Lucía les contó
a Olga y a otras integrantes de la congregación lo que le había
pasado: que sólo había hablado con la cámara apagada.
Enorme fue su sorpresa cuando el sábado 11 de julio salió
al aire 70.20.10, y en uno de los informes “periodísticos”
mostraron su rostro y sus comentarios, sin ningún filtro. En el
mismo informe también fueron enfocadas algunas travestis y a ellas
sí les borronearon la cara. “Me dio mucha rabia. Me gustaría
encontrarla y decirle que es una sinvergüenza, que hizo una nota
que la robó”, dice Lucía. “Todo el mundo vio
el programa. Si pasaba gente por Constitución y me gritaba: ‘Te
vimos en la tele’”, dice, indignada.
El informe con su rostro fue repetido en otros programas de otros canales.
“Se han reído a carcajadas de mí”, se entristece.
Le duele que mucha gente que la conocía y no sabía de su
vida se enterara así por la TV sobre su intimidad, que ella se
encuentra en situación de prostitución. “Me da vergüenza
ir a ver gente que yo conocía porque ahora deben de saber que yo
estoy donde estoy. Y antes nadie lo sabía. Quedé como una
basura, como cualquier cosa. Moralmente me han perjudicado. Me han hecho
mucho daño. A los ladrones les tapan la cara con la campera, pero
a las mujeres, en general, las enfocan bien y las muestran”, se
queja. Cuenta que no es la primera vez que las chicas que “trabajan”
en Constitución tienen problemas con las cámaras de TV.
“Hay periodistas que nos viven persiguiendo a las travestis y a
las mujeres. Las chicas no quieren salir en la tele. Hay de todo en Constitución,
van mujeres que necesitan ganarse el pan para darles de comer a sus hijos,
para comprarles la ropita, mujeres a las que los maridos las han dejado.
Las mujeres grandes hacen la de ellas y se van a sus casas. No quieren
que las filmen”, dice Lucía.
Después de su aparición televisiva, Lucía casi no
tuvo “trabajo”. Sus “amigos” ya no fueron a verla.
Hoy está internada.